Numerosas culturas poseen monumentos funerarios que están destinados a,
no solo el reposo eterno de las almas de los grandes dignatarios que allí
moran, sino que también son empleados como símbolo de respeto y memoria
imperecedera. Es por ello que, en Egipto encontramos las pirámides como
recuerdo de los más notables faraones de su época, igual caso lo tenemos en
las culturas mesoamericanas con las pirámides escalonadas, entre numerosos
ejemplos a lo largo de la Historia y Geografía mundial. De igual modo,
civilizaciones como la romana se caracterizaron por erigir monumentos
funerarios conmemorativos (tumbas, lápidas, columnas, arcos, entre otros)
En el presente artículo nos dedicaremos a hacer una suerte de aproximación
simbólica del Panteón Nacional en homenaje a un nuevo aniversario de su
creación el 28 de octubre.
El Panteón Nacional se crea por decreto presidencial en 1874 bajo la jefatura
de estado de Antonio Guzmán Blanco, sobre las casi ruinas de la iglesia de la
Santísima Trinidad, la cual fue casi destruida en su totalidad después del
famoso terremoto de 1812.
La motivación fundamental de hacer un recinto en el cual se venerara
eternamente a los restos mortales de los principales ciudadanos de la historia
del país no se puede entender como un mero capricho de Guzmán Blanco. La
motivación era clara y masónicamente simbólica, debido a que Guzmán fue el
primer presidente en utilizar el culto al héroe como justificación de la búsqueda
de una moral nacionalista sustentada en el virtuoso comportamiento de
notables personajes de la historia nacional. Este aspecto simbólico que, en
ocasiones lo pasamos por alto es tan evidente que, aunque el decreto de la
creación del Panteón Nacional se dio en 1874, las remodelaciones con estilo
neogótico se concluyeron en 1875 (que ya de por sí tienen un argumento
simbólico de notoriedad, debido a que sus altas torres con punta de aguja
simbolizan la ascensión celestial), no es sino hasta un año después, en 1876
que se consagra el Panteón Nacional, con el traslado de los restos del

Libertador, nada más y nada menos que el día de San Simón (28 de octubre),
desde la Catedral de Caracas hasta donde nuestros días reposan los restos de
Simón Bolívar, que ya había albergado sus restos cuando El Panteón era
todavía una Iglesia y antes de que le trasladaran a la Catedral. De hecho,
tampoco es una casualidad histórica que la iglesia de la Santísima Trinidad
fuera la escogida para encarnar al Panteón Nacional, debido a que en ella fue
donde el Libertador fue bautizado, hizo su primera comunión e, incluso cuando
estuvo por última vez en Caracas, comento que deseaba que dicho recinto
fuera donde descansaran sus restos mortales.
En su mayoría, sobre todo al inicio, el criterio mediante el cual se escogió a los
magnos personajes que debían ser venerados eternamente en el Panteón
Nacional, obedecía mayormente a antiguos héroes de la Guerra de
Independencia, líderes de la Guerra Federal, algunos notables pensadores,
políticos y juristas del siglo XIX y, ¿por qué? No decirlo algunas personas de
afinidad para los gobernantes de turno, como por ejemplo, que se venere en el
Panteón Nacional los restos de Antonio Leocadio Guzmán, que aunque fue un
importante personaje del periodismo político federal venezolano, para nadie es
un misterio que se encuentra allí por haber sido el padre del presidente Antonio
Guzmán Blanco.
Este criterio de selección no fue caprichoso, debido que a finales del siglo XIX
Venezuela se encontraba sufriendo las secuelas de una guerra de caudillos
que se traicionaban entre sí para tratar de hacerse con el poder. Por lo que una
medida sutil y simbólica de buscar crear en los ciudadanos una moral con un
fuerte componente de culto al héroe fue sin lugar a dudas exaltar los valores de
lealtad y sacrificio de estos grandes dignatarios nacionales.
Posteriormente se fueron añadiendo otro tipo de héroes, como lo fue la
incorporación de Luisa Cáceres, primera mujer en ser homenajeada con su
presencia en el Panteón. El traslado de los restos de pensadores y artistas
como Cecilio Acosta, Arturo Michelena, Teresa Carreño, Teresa de la Parra,
entre muchos otros.
De igual manera podemos destacar que en el Panteón Nacional, no solo
encontramos los restos mortales de los principales personajes de una parte de

la historia del país, sino que también podemos hallar la presencia de
cenotafios, los cuales son representaciones simbólicas de grandes actores del
quehacer histórico patrio cuyos cuerpos no se encuentran físicamente en el
Panteón, pero se erige un monumento que inmortaliza la memoria de dicho
personaje. De estos cenotafios, el de mayor importancia es, desde nuestro
punto de vista el que se le erigió a la memoria del Generalísimo Sebastián
Francisco de Miranda, cuyos restos mortales se encuentran en una fosa común
en Cádiz, España. De igual modo encontramos el cenotafio del Gran Mariscal
de Ayacucho, Antonio José de Sucre, cuyos restos mortales se encuentran en
la Catedral de Quito, Ecuador.
En los últimos años, se ha hecho un esfuerzo titánico para saldar esa deuda
histórica que el Panteón Nacional tiene con todos los venezolanos y, se ha
incrementado la presencia de cenotafios de personajes que han sido
intencionalmente olvidados de nuestra historia patria. Guaicaipuro, y Manuelita,
son los que más destacan en este esfuerzo contrario a la desmemoria por lo
que ellos representan, el primero a la gallardía de nuestros pueblos originarios
y la segunda a la reivindicación de las luchas femeninas.
Ahora, adentrándonos en el aspecto simbólico del panteón nacional desde una
perspectiva arquitectónica, podemos encontrar que la edificación ha sufrido
varios cambios estructurales que, claramente obedecen a distintas
concepciones y motivaciones de carácter simbólico.
Estructura del panteón con estilo neogótico: tres puertas con dos torres con
punta de aguja.
Como se ha dicho anteriormente, la estructura gótica, con sus altas torres
puntiagudas representan la ascensión o sensación de divinidad. El estilo
arquitectónico neogótico se diferencia del gótico, porque el primero de ellos es
menos oscuro y da una sensación de mayor opulencia.
Posteriormente, bajo el gobierno de Juan Vicente Gómez se hace una
remodelación parcial del panteón, con lo que podemos encontrar una segunda
etapa del mismo. Con esta remodelación se le dio una imagen más maciza a
la estructura. Con estos arreglos se quiso dar una imagen simbólica de solidez,

ya que se hicieron en el marco de la conmemoración del centenario del 19 de
abril y del 5 de julio.
En 1929, en medio de los preparativos del centenario de la muerte del
Libertador, el presidente Gómez decreta una nueva remodelación del panteón
nacional, en esta oportunidad de forma total. Se eliminan las dos torres
puntiagudas para sustituirlas por unas más pequeñas con punta redondeadas,
se coloca una torre central de gran tamaño, se abren las ventanas para que
estén en consonancia con las tres naves internas y, en fin se cambia por
completo el estilo de la estructura para dejar de ser neogótica para quedar con
un aspecto colonial, que es el que conserva actualmente. Con esta nueva
imagen se quiere exaltar de manera simbólica la veneración hacia la historia
representada en una fachada colonial.
Por todo lo antes señalado, podemos afirmar categóricamente dos elementos:
el primero de ellos es que, cada reforma que se le ha hecho al panteón
obedece a una celebración histórica, a la que podemos añadir los arreglos que
se le hicieron más recientemente en el 2010 en el marco del bicentenario del
19 de abril y del 5 de julio.
Y, en segundo término que, cada nuevo estilo que se le coloco al panteón no
fue ni es caprichoso o incluso estético, sino que es mucho más profundo y da
cuenta de un entendimiento y filosofía de la historia del momento.
Alexis Delgado Alfonzo (@historialexis)
Historiador.

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